Adiós, capitán

Aprender a aprender. Aprender a vivir. Número 71

En memoria de Rafael Garza Mendoza…

Nos conocimos hace pocos años. Sin embargo, pronto pudimos entablar una amistad digna de más antigüedad.

Compartíamos afectos con algunas personas, y habíamos tenido experiencias en muchos sentidos similares, lo que hacía que, desde el primer momento, nuestros encuentros estuvieran matizados por una confianza natural.

La educación, desde distintos pareceres y con diversas preocupaciones, fue motivo constante de nuestras conversaciones. Entre los propósitos de tal motivo, siempre se destacó la vocación, la afirmación y el destino del Instituto.

Poco a poco, y cada vez con mayor frecuencia, nuestras conversaciones derivaban hacia cosas de la vida. Compartíamos experiencias y pensamientos acerca de situaciones que nos resultaban significativas, siguiendo cánones que solo se pueden establecer entre los amigos.

La última vez que nos encontramos, siguiendo el hilo de la conversación del momento, me dijo: sin duda, la vida es la mejor maestra que tenemos, y aprender a vivir es la única tarea que, con la que, a fin de cuentas, tenemos que cumplir.

Las lecciones que nos da la vida son muy diferentes a las que recibimos en la escuela, siguió diciendo. Es cierto que, tal vez, algunas de las enseñanzas más importantes de la vida las hemos adquirido en la escuela, a pesar de los esfuerzos que suelen hacer las escuelas por mantenerse alejadas de la vida, considerándola, cuando mucho, un proyecto incierto.

Las enseñanzas más significativas que nos da la vida, buenas o malas, se nos imponen por el imperio de circunstancias con frecuencia inesperadas, y por la incertidumbre de encuentros con gente que muchas veces desconocemos.

Por eso, como tú mismo me has comentado, el lenguaje de corte académico, propio de los ejercicios escolares, resulta inútil para compartir las lecciones de la vida. Cuando queremos usarlo para ese fin, solemos sentirlo hueco.

Cuando hablamos de las cosas de la vida, no nos queda más remedio que tratar de contarla. Contarla, como podamos, para reconocerla como propia. Y, también, contarla para compartirla con aquellos que, aunque sea por un instante, nos brindan el privilegio de querer entendernos.

La conversación estaba dando un giro tan inesperado como las propias palabras que él estaba diciendo. Así que, de manera espontánea, le pregunté: ¿por qué no me cuentas algo que, en este momento te gustaría compartir conmigo? Lo primero que te venga a la mente, será porque valga la pena contarlo. Quizá, algún día, si me lo permites, podré contarlo también.

Con una sonrisa franca, que siempre delataba su interés, me dijo: contigo siempre resulta difícil abandonar las conversaciones. Tienes la costumbre de fijarte en lo que uno dice, cuando uno menos lo espera, a veces cuando uno ni siquiera se da mucha cuenta de lo que ha dicho. 

Sin hacer una pausa, siguió diciendo: te voy a contar algo, es lo primero que se me ocurre. Puedes contarlo también, cuando te parezca. Y no te preocupes por los detalles, alguna vez me aseguraste que la memoria siempre es engañada por la imaginación, a veces más de lo que podemos sospechar. Así que, si llegas a repetir lo que te voy a contar, hazlo a tu manera. Después de todo, ni tú ni yo somos historiadores.

Tampoco somos periodistas, añadí.

Me sucedió en una pequeña taberna de Madrid, empezó a contar. Tiempo atrás había conocido el lugar.

Hacía frío, había llegado esa mañana. Al día siguiente, tendría que levantarme temprano para asistir a una reunión de universidades en la que iba a participar. Así que decidí pasar un rato tranquilo, disfrutando de unos pepitos de ternera, por los que era famoso aquel sitio.

Aún estaba esperando ser atendido, cuando escuché un alboroto en una parte del lugar que quedaba fuera de mi vista.

Casi de inmediato, vi venir a un anciano visiblemente alterado. Caminaba, de manera apresurada, en dirección al lugar en que me encontraba. Tropezó con algo. A punto de caer, alcanzó a mantener el equilibrio, apoyándose en el respaldo de un reservado.

Impulsado por el instinto, me levanté, apresurándome a llegar cerca de él, e inclinándome para tratar de sostenerlo como pude.

A través del grueso chaquetón con el que se cubría, alcance a notar, en uno de mis brazos, la ligereza de su torso. Al mismo tiempo, sentí la firmeza de su determinación para no dejarse caer.

Gracias, caballero, dijo con claridad, aunque con aliento entrecortado.

Siéntese aquí nomás, le insinué, guiándolo, con cuidado, hacia uno de los lugares de la mesa que yo había elegido como imaginario refugio de tranquilidad.

Me di cuenta, en esos momentos, que, también de manera apresurada, se acercaba un hombre con expresión de disgusto, vestimenta de gerente y actitud de querer poner las cosas en orden. Antes de que pudiera hablar, le hice una seña con la mano para que se detuviera, y me adelanté para decirle en voz baja: por favor, no se preocupe, el señor será mi invitado.

Me miró con extrañeza y, tras una breve pausa me dijo, con un semblante que, de manera súbita, se hizo amable: por supuesto, en este establecimiento los clientes son los que mandan.

El anciano, que estaba ya recuperando su compostura, volvió a agradecerme, e hizo el ademán de marcharse.

Tómelo con calma, le dije. Me gustaría invitarlo a charlar un poco, si usted tiene tiempo, desde luego.

Pareció dudar, pero respondió, con un gesto de alivio, estaré encantado de hacerle compañía. No quiero importunarlo, ni ser abusivo. Así que me permitirá pagar mi parte.

Pidamos algo primero, ya hablaremos de cuentas, le dije.

Mientras un mesero nos tomaba la orden, en la que no podían omitirse los pinchos de ternera, mi invitado observó que la inclusión del famoso bocadillo insinuaba un conocimiento previo del lugar.

¿Viene por aquí con frecuencia?, me preguntó.

Le contesté que estaba de paso, que venía de México, pero que me gustaba mucho Madrid. En pocas palabras, le expliqué el motivo de mi viaje.

Llegó nuestra orden, y se hizo un breve silencio.

La gente ya no tiene ningún respeto, afirmó con un dejo de amargura.

¿Me permite dirigirme a usted llamándole amigo? Desde luego, le contesté.

Pues verá, mi amigo, allá atrás en la cocina, un chaval me reconoció, empezó a querer divertirse a costa mía, y no tuve más remedio que mandarlo al infierno, junto con la madre que lo trajo al mundo. Se armó la bronca, y aquí estamos.

El payaso me reconoció porque, como para usted será evidente, vivo al día, la mayor parte del tiempo en la calle. Comparto la portería de un edificio arruinado, donde todos los que se sienten inquilinos, y los que sentimos que no hay nada que cuidar, enfrentamos los mismos golpes del destino. 

Paso ya de los ochenta. Voluntad no me falta. Todavía hago fuerza cuando puedo y me dejan, pero me veo en la necesidad de recurrir a la caridad de los extraños. Eso, con toda seguridad, explica que ese malnacido me haya reconocido y haya querido insolentarse conmigo.

Pero, déjeme decirle, eso de pedir a los otros por estos rumbos, no es así como así. Tiene sus modos y sus tiempos.

Los que nos vemos en la necesidad de hacerlo nos conocemos, tenemos nuestros sitios convenidos y acordamos el tiempo que nos corresponde. Hacemos suplencias, cuando se necesita. Tenemos nuestros principios y llegamos a establecer, podríamos decir, una clientela.

El anciano debió notar algo en mi expresión de asombro, porque dijo: no ponga esa cara, hombre. El mundo es muy diferente para cada quien. A pesar de ello, siempre se necesita un orden para que las cosas funcionen. La gente es gente. No podríamos sobrevivir si nos estamos atropellando a cada paso.

Tampoco vaya usted a pensar, que me siento como ciudadano de la república de los pordioseros. Pero, tenga la seguridad de que lo que hago, lo hacen otros muchos. Tenga también la seguridad de que lo hacemos lo mejor que nos es posible, para que puedan girar los engranajes de la vida.

Y no crea que todos los que nos vemos orillados a depender de la caridad, lo hacemos de la misma manera, no señor.

En mi caso, le voy a decir, lo principal es la limpieza, por dentro y por fuera.

No había duda de ello. Aunque su pobreza era evidente, también lo era el empeño por disimular los estragos del tiempo en su vestimenta y, sobre todo, la pureza que se reflejaba en la claridad de su mirada.

Se hizo un silencio. Yo no acertaba a decir nada, pero, sin duda, eran inevitables los indicios de mi interés en seguirlo escuchando.

Quiero decirle que, como usted entenderá, no siempre fue así para mí. Tuve otra vida, que se acabó hace años.

Fui marinero, alcancé a ser oficial de la marina mercante. Anduve por el mundo.

Como sucede a muchos de los que se hacen a la mar, llegué a sentirme perdido en el silencio y la soledad de un paisaje sin límites. Un pasajero, cuya única esperanza verdadera es la de llegar al puerto.

El puerto es la tierra, pero sobre todo es la gente. El puerto es gente de todos los orígenes y todos los destinos. Gente que, sin importar los lenguajes, las creencias y los colores de la piel, hace por la vida. Gente que, más allá de lo que tiene en la cabeza, puede juntar sus intenciones y sus cuerpos para trabajar juntos, amarse sin mentiras y convivir sin más muros que los de la honestidad.

El mar nos enseña a sentirnos en nuestros propios huesos.  Pero, cuando lo navegamos, también nos enseña que la aventura de cruzar por él solo tiene sentido por nuestra esperanza de cumplir nuestro destino. El puerto es el que da a la travesía un sentido de destino.

El tiempo pasaba mientras escuchaba a aquel pordiosero insólito, navegante-filósofo.

Con su relato, me llevó a distintos lugares. Me confió que le gustaba, sobre todo, visitar las islas del Océano Índico, por el desenfado de los originarios de aquellas latitudes. Son puertos inevitables, me aseguró.

De México, recuerdo que habló con entusiasmo del café con leche que sirven en La Parroquia, sobre todo de la manera en que los meseros sirven la leche caliente sobre el extracto de café, depositado en vasos de vidrio. También hizo memoria de un paseo a Yucatán, y la impresión que le causó la pirámide de los mayas, como él dijo.

Sin darnos cuenta, pasó la tarde.

Después de la que sería la última pausa, me dijo: mi amigo, se nos ha ido el tiempo, tenemos que seguir nuestro camino.

Tenemos que pagar, continuó, tomando una cartera de cuero que portaba colgada al cuello cuando, de manera tan intempestiva, nos encontramos.

Por favor, le dije, usted es mi invitado, no hablemos de cuentas. Deje que me haga cargo.

Se incorporó con lentitud, se acomodó la cartera y en actitud marcial dijo: acepto, y vuelvo a agradecer su gentileza.

Pero, prosiguió, permítame hacer las cosas como se debe. Soy Marcelo García, Jefe de Máquinas de la Marina Mercante Española. Lo dijo tendiendo su mano.

Al estrechar aquella mano desgastada por los embates del tiempo, sentí una calidez y una fuerza, que parecía venir de una juventud oculta por el velo de los años.

Adiós, amigo, me dijo. Miró hacia la salida y empezó a alejarse.

En ese momento, el anciano desapareció. En su lugar, me pareció advertir la presencia de un hombre vestido de gala, alejándose con paso firme, en un ámbito de dignidad y juventud inevitable.

Adiós capitán, dije desde mis adentros.

Comentarios

... Llego al edificio del IIIEPE una mañana. Yo buscaba a la doctora Luz Godina para comentar las bases de un proyecto editorial.
- La doctora no se encontraba en la ciudad porque asistía a un evento académico.
- Hola José Ángel me dice Una persona muy amable. Pasa a mi oficina para que me digas en que te puedo ayudar.
- Hasta ese momento supe que quien tan sencilla y amablemente me atendía era al Doctor Rafael Garza. Rector del IIIEPE.
- La platica amena dado la gran cultura y don de gentes del doctor Rafael.
Así era el que fue mi gran amigo Rafael Garza Mendiza.