Alternativas a la escolaridad tradicional (Parte I)

Aprender a vivir, aprender a aprender. Número 89.

La educación formal, de naturaleza escolarizada, representa en las sociedades contemporáneas una de las mejores oportunidades para incidir, de manera constructiva, sobre el desarrollo de las personas. Para muchos, constituye una de las pocas posibilidades que pueden tener para abrirse camino en la vida. Por lo que el desarrollo y la mejora permanente de los sistemas debiera ser objeto de políticas públicas de la más alta prioridad.

La mejora de los sistemas educativos depende, sin duda, de las transformaciones concretas que puedan llevarse a cabo en el ámbito de las escuelas y su entorno. Está sujeta a que el funcionamiento escolar se oriente, de manera prioritaria, a la construcción de aprendizajes de la mayor relevancia para la vida. Y tal funcionamiento, se plasme en ideas, valores, expectativas, vivencias y prácticas concretas, que aporten significado, orientación y coherencia al progreso personal y compartido, en el logro de esos aprendizajes. En particular, requiere el involucramiento directo de los docentes, los directivos y el personal de apoyo, así como de los propios alumnos y sus familias. Demanda, asimismo, el establecimiento de vínculos entre escuelas de distintos niveles, en el ámbito de las regiones y zonas escolares, así como con entidades relevantes del entorno.

La satisfacción de la diversidad de requerimientos para la mejora de los sistemas educativos, supone, en consecuencia, asumir iniciativas diversas de transformación de la cultura escolar, expresadas en actuaciones concretas de los educadores, los alumnos y sus familias, así como en formas alternativas de organización y funcionamiento de las instituciones escolares. Una estrategia para impulsar esas iniciativas, en un país como México, sería la creación de zonas o regiones especiales de innovación educativa, caracterizadas por un régimen especial de gestión de los centros escolares. Ese régimen estaría orientado a asegurar condiciones para impulsar, desarrollar y sistematizar formas alternativas de propiciar y compartir aprendizajes de alta relevancia para la vida de los estudiantes, a partir de las mejores ideas y experiencias que puedan servir como fuente de inspiración.

Las iniciativas propiciadas en el contexto de las zonas o regiones de innovación que se proponen debieran incluir, entre otros posibles aspectos, serían el desarrollo de formas alternativas de articulación de los distintos niveles y modalidades de la educación; la generación de expresiones apropiadas de diseño y desarrollo del currículo, acordes con las circunstancias del entorno social y cultural; la construcción de prácticas de evaluación para el aprendizaje, que sean desarrolladas como experiencias de aprendizaje; el trabajo colaborativo entre los maestros, y los estudiantes y sus familias; y el involucramiento de distintos actores sociales en el desarrollo de experiencias y prácticas educativas.

Además de las transformaciones impulsadas desde el ámbito de las escuelas, el desarrollo de la educación demanda concebir y fortalecer alternativas no escolarizadas de educación.

La emergente economía de la información está expresándose, de manera particular, en la transformación del mercado de servicios. Esa transformación no implica, como suele suponerse, que, de manera necesaria, el contacto directo entre quienes requieren esos servicios y quienes pueden ofrecerlos deba ser reemplazado. En muchos campos, sucede precisamente lo contrario. Con frecuencia, la aplicación de recursos característicos de la nueva economía tiende a diversificar, fortalecer y profundizar el contacto directo entre las personas.

Esto es así, porque algunos de los efectos más notables de la economía de la información se están dando en términos de la eliminación de intermediaciones, fundamentadas en el control centralizado del acceso a los productos y servicios. La atención personalizada de las demandas, que es distintiva de las transacciones realizadas en el mundo virtual, supone el reemplazo de operarios que llevan a cabo actividades rutinarias y la demanda creciente de capacidades relacionadas con la consideración de las características y circunstancias individuales. Tal atención, en muchos campos como el de la educación, supone una atención creciente al contacto interpersonal directo, y cara a cara, como parte esencial de las transacciones que se llevan a cabo de manera cotidiana.

Las aplicaciones de Internet, relacionadas con la educación, que, día con día, se están multiplicando y diversificando, contribuirán a estimular el desarrollo de alternativas a la escolaridad tradicional. Sin embargo, es poco probable que deriven en la desaparición de las escuelas como comunidades de aprendizaje. Por el contrario, dependiendo de su concepción y orientación, es probable que demanden un fortalecimiento del conocimiento personal, el diálogo profundo y la interacción directa entre las personas.

La utilización del desarrollo tecnológico para fortalecer los aspectos propiamente humanos del quehacer educativo que, como aquí se ha sugerido, supone el desarrollo de aprendizajes relevantes para el futuro, constituye, tal vez, una de las mayores y mejores oportunidades para construir alternativas eficaces a la escolaridad tradicional. Sin dejar de lado, desde luego, aquellas que pueden plasmarse en el desarrollo de plataformas de recursos para complementar, o suplir de manera ventajosa, determinadas tareas de naturaleza rutinaria, que pudieran mantenerse como propias del quehacer educativo.

Las alternativas a la escolaridad tradicional pueden plantearse, también, desde la perspectiva de las funciones sociales de la educación; en particular, a la luz de la propuesta que se ha planteado de manera reiterada en los años recientes, sobre la necesidad de impulsar una educación para la vida, y a lo largo de toda la vida.

La educación formal, en su concepción y su práctica convencional, ha tenido y tiene, sin duda, muchas virtudes, pero, también tiene claras limitaciones. Plantear alternativas para ella, supone señalar algunas de sus principales limitaciones, sobre todo de cara a desafíos como los que aquí se han delineado. En tal sentido, puede sugerirse que la educación formal marca distancias, tal vez carentes de justificación fundamental, con aspectos sustantivos del desarrollo de las personas, como los que se expresan a través de la vida en comunidad, el trabajo y el ejercicio de la ciudadanía. Suele estar sujeta a un régimen de validaciones que no es trasparente, en términos de sus aportes concretos al bienestar de las personas y de la sociedad.