Alternativas a la escolaridad tradicional (Parte IV)

Aprender a vivir, aprender a aprender. Número 92

La valoración social de la educación se establece, cada vez con mayor precisión, en términos de los aprendizajes derivados de la aplicación de los programas educativos de distinta naturaleza, y de la contribución concreta que esos aprendizajes pueden aportar al bienestar de las personas. Sin embargo, los sistemas educativos tradicionales muestran una limitada capacidad para revelar, con transparencia, los beneficios que cada estudiante puede derivar de su participación en las actividades escolares, en términos de los aprendizajes específicos que ha adquirido, así como de la relevancia y utilidad de esos aprendizajes para la vida.

Las evaluaciones escolares siguen centradas, en la mayoría de los casos, en la asignación de calificaciones que carecen de una interpretación clara, en términos de los aprendizajes específicos que han logrado los estudiantes. En consecuencia, tienen una utilidad limitada como base para orientar el progreso en el aprendizaje, o para determinar su posible aplicación en distintos contextos.

Todavía, en el contexto de distintas instituciones escolares, persiste la práctica de la repetición de cursos, como vía para corregir logros insatisfactorios. Cualquier alternativa a tal práctica suele asumirse, de forma poco reflexiva, como un intento de implantar “el pase automático”, que supone una degradación de la calidad educativa.

Desde luego, no sería aconsejable pretender suplantar un sistema con serias limitaciones como el de las calificaciones carentes de significación y la práctica de la reprobación por una práctica carente de todo referente de los aprendizajes que se pretende propiciar. No se trata de aplicar una estrategia de “pase automático”. De lo que se trata es de contar con un sistema que permita apreciar, de manera transparente, los aprendizajes de naturaleza específica que los estudiantes están alcanzando. De tal forma que los propios estudiantes, sus maestros, sus familias y los demás interesados en los logros de aprendizaje puedan tener una idea clara de las capacidades adquiridas por cada estudiante y de la forma en que puede seguir aprendiendo.   

Por otra parte, también sigue siendo usual que la valoración social de la educación se siga expresando en términos de la asimilación de conocimientos desplegados en la estructuración de los planes y programas y, sobre todo, en los libros de texto, la conclusión de niveles de escolarización y, el cumplimiento de las normas de funcionamiento de los establecimientos escolares, principalmente los que tienen que ver con el tiempo dedicado a la enseñanza en las aulas de clase.

El aprendizaje se asume como una consecuencia mecánica de esos términos de valoración. Su naturaleza específica y su aplicación concreta a situaciones concretas pareciera no formar parte de la percepción social del valor de la educación, salvo cuando, a través de los medios de comunicación social se advierten resultados insatisfactorios, con frecuencia atribuidos a la ineficacia de las autoridades educativas.

Sin embargo, la atención a la naturaleza específica de los aprendizajes adquiridos en la escuela por cada uno de los educandos, así como a la aplicación concreta de esos aprendizajes, en función de la vida de los propios estudiantes y del entorno natural, social y cultural, es una condición indispensable para transformar la valoración social de la educación y generar alternativas eficaces a la escolaridad tradicional.

Esa atención solo puede cultivarse y consolidarse a través de transformaciones específicas en la estructura y funcionamiento de los programas e instituciones educativas, que solo pueden hacerse viables mediante la transformación del papel que desempeñan, o pudieran desempeñar, los principales actores sociales, interesados en el desarrollo de la educación, dentro y fuera de las instituciones educativas.

Atender, de manera esmerada, el progreso de cada educando en el logro de aprendizajes de alta relevancia, así como la aplicación concreta de esos aprendizajes, no solo tendría incidencia en la valoración social de la educación, permitiría también conciliar, en la práctica, la aspiración a cultivar determinados aprendizajes, con las diferencias de intereses, capacidades y circunstancias que son propias de la identidad personal de cada estudiante. Las expectativas de aprendizaje propuestas por los actores sociales relevantes podrían ser asumidas, no como prescripciones obligatorias, sino más bien como orientaciones para avanzar hacia la concreción de horizontes y visiones capaces de motivar, entusiasmar y comprometer el involucramiento individual y colectivo en el esfuerzo de aprender.

Atender al progreso de cada educando en el aprendizaje propiciaría, además, el establecimiento de vínculos eficaces entre los programas e instituciones educativas, así como con otros ámbitos de la sociedad interesados en el desarrollo y mejora de la educación. En especial, favorecería la creación de condiciones para acercar la educación al mundo del trabajo, y establecer vasos comunicantes entre los programas educativos y la formación para el trabajo y en el trabajo. De tal suerte que la distinción entre quienes trabajan y quienes estudian pudiera irse atenuando para responder a los intereses, capacidades y necesidades concretas de los estudiantes y del medio en el que conviven.