Aprender a imaginar

Aprender a vivir, aprender a aprender. Número 87

La imaginación puede considerarse, en muchos sentidos, como una de las expresiones más características del pensamiento humano. Nos permite no solo representar el mundo y nuestra experiencia de interacción con las cosas y las personas, sino ampliar, modificar y recrear esas representaciones, ampliando los horizontes de interpretación y explicación de esa misma experiencia. Por ello, constituye la puerta de acceso a lo que desconocemos, pero que podemos descubrir. También, nos permite inventar realidades novedosas que están más allá de cualquier descubrimiento posible.

En ocasiones, la imaginación es la única herramienta con la que podemos contar para hacernos de secretos de la naturaleza que trascienden los límites de nuestra experiencia cotidiana. En tales circunstancias, pareciera que nuestra propia imaginación pudiera ser superada por imaginación de la propia naturaleza. En tal sentido son célebres los experimentos mentales de los científicos, que nos han permitido aproximarnos a las fuerzas fundamentales y composición elemental de la naturaleza.

La imaginación permite liberarnos de las camisas de fuerza de las ideas fijas y los esquemas preconcebidos, para asumirlos como meras suposiciones provisionales, cuya validez está limitada a determinados contextos, sustentada por ciertos supuestos y justificada por determinados propósitos. Es así como la capacidad de imaginar se constituye en materia prima para apreciar las posibilidades de perfeccionamiento de nuestras ideas, nuestras acciones y nuestras realizaciones.

Imaginar es ejercer el pensamiento como ejercicio de liberación y creación. Es vincular el razonamiento y la emoción con el propósito de conocer el interés de explorar, la emoción de descubrir, el esfuerzo de transformar y la pasión de crear.  

Imaginar es procurar la expresión más auténticamente humana del pensamiento, más allá de las rigideces de lógicas inalterables que podemos compartir, de distintas maneras, con otros animales y con algunas máquinas. No es que, al trascender esas lógicas, la imaginación deba apartarse, de manera necesaria, de la disciplina y el orden. Solo procura servirse de ellos en la medida en que pueden resultar valiosos para interpretar, construir, enriquecer y disfrutar la experiencia humana.  

Así como pensar impide que la libertad sea interpretada como capricho, también hace posible que la imaginación signifique más que la ocurrencia fortuita. Imaginar, como resultado del pensar, no exime del esfuerzo, el trabajo y la disciplina.

Aprender a pensar supone, de manera necesaria, aprender a imaginar. Como fruto del pensamiento, imaginar supone crear formas alternativas de ver las cosas y construir realidades distintas a las que percibimos a diario. Imaginar es originar nuevos significados para interpretar lo que percibimos: el mundo que nos rodea, las interacciones entre las personas y nuestra propia interioridad.

Aprender a imaginar es construir expresiones de la libertad suprema del propio pensamiento, que puede liberarse hasta de la realidad misma que le ofrecen los fenómenos percibidos, para arriesgarse a la construcción de mundos inexistentes, de ficciones que, en su origen, solo existen en el propio pensamiento. Aprender a imaginar es aprender a actuar, de manera eficaz y creativa, en los mundos ficticios, aparentemente innecesarios, pero a la vez apasionantes y cautivadores, del arte, el entretenimiento y el juego.

Imaginar es reafirmar que el pensamiento es el origen de toda interpretación y todo sentido, que podamos atribuir a la realidad, y, sobre todo, a nuestra propia existencia. En consecuencia, imaginar es reafirmar que el ejercicio del pensamiento es el que determina los límites de sus posibilidades, de lo que puede significar y de lo que puede transformar.

Aprender a imaginar no es fácil, supone todos los aprendizajes a los que aquí se alude. Además de ser una expresión radical del aprender a pensar, implica, de manera especial, aprender a sentir y aprender a comprometerse.

La falta de oportunidades para propiciar el desarrollo de la capacidad de imaginar, común en muchas prácticas escolares, es una de las mayores tragedias de la educación. En distintos tiempos y lugares, ha sido, y sigue siendo, uno de los síntomas más inequívocos de que la escuela suele preocuparse muy poco por enseñar a pensar.