Aprender a sentir

Aprender a vivir, aprender a aprender. Número 85

Aprender a desarrollar la capacidad de pensar tiene consecuencias inmediatas. Blaise Pascal, otro gran precursor de la modernidad, contemporáneo de Descartes, nos señaló una de las primordiales, al afirmar que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Aprender a pensar requiere aprender a sentir. O, tratando de seguir la expresión de Pascal, aprender a sentir es una forma distinta de aprender a pensar.

Los seres humanos recurrimos a la violencia, la destrucción y la manipulación, y nos encerramos en el aislamiento, no por carencia de razonamientos, sino por falta de sensibilidad.

En el mundo actual, caracterizado por la prisa imparable y el ruido incesante, resulta difícil procurar el silencio para ponernos en contacto con nosotros mismos, con nuestras sensaciones, emociones y pensamientos. Nos cuesta mucho, también, abrirnos al diálogo con los demás, más allá de los comentarios superficiales o las argumentaciones irreconciliables para reconocer, expresar y compartir nuestros temores y afectos, nuestras aspiraciones y frustraciones.

Con frecuencia, tenemos dificultad para sembrar y cultivar vínculos de amistad, respeto y solidaridad, para construir comprensiones compartidas y propósitos comunes. “Pensamos” que todo está resuelto con debates, argumentos o reglamentaciones. Nos empeñamos en ganar debates, pero somos remisos para establecer vínculos de confianza. No nos atrevemos a admitir que la fuerza de los razonamientos se extingue, cuando en su contenido, o su forma, contienen elementos de incomprensión o agresión a la sensibilidad de las personas. Agredimos porque no llegamos a percatarnos de que la identidad de los demás, y nuestra propia identidad, radican en formas diferentes de percibir, interpretar y relacionarnos con el medio que nos rodea y con las demás personas. Solo podemos ver el valor de nuestros propios argumentos porque no llegamos a percatarnos de la ignorancia que tenemos sobre esas distintas formas de ver la realidad que tenemos en frente y nuestro posicionamiento, individual o colectivo, ante esa realidad. Herimos la sensibilidad de los demás porque no nos percatamos de que pensar y sentir, son, en lo fundamental, dos expresiones sustantivas de la capacidad fundamental que tenemos de crear y recrear el significado de nuestra experiencia del mundo y de nosotros mismos.

La fuerza de los razonamientos resulta ilusoria cuando ignora que la razón y el sentimiento son formas de afirmación de nuestra propia existencia, como lo son de la existencia de los demás.

Resulta indiscutible que el razonamiento es una expresión indiscutible del pensamiento, y que aprender a pensar supone aprender a razonar. Sin embargo, si admitimos que pensar supone construir, interpretar y valorar las representaciones de nuestra propia experiencia, debemos admitir que tales representaciones tienen su origen en nuestras capacidades corporales de percepción, y con frecuencia son acompañadas de expresiones instintivas y emocionales. Por ello, podemos sugerir que aprender a pensar supone aprender a sentir. Supone reconocer los vínculos existentes entre el razonamiento y la emoción, en el origen mismo del pensamiento y en su proceso de desarrollo.

Aprender a sentir, supone desarrollar la capacidad de ponernos en contacto con nuestras propias sensaciones. Supone ejercer nuestra capacidad de reconocer, expresar y moderar las emociones y los estados de ánimo, en nosotros mismos y en vinculación los demás.

Aprender a sentir, supone entrar en contacto con los procesos de desarrollo de nuestros propios pensamientos. En especial, con la manera en que concebimos, aplicamos, valoramos y disfrutamos de nuestra propia capacidad de pensar y aprender.

Aprender a sentir, supone aprender a apreciar la belleza en sus distintas manifestaciones, y descubrir las potencialidades que podemos tener para crearla. Aprender a disfrutar la alegría de vivir, de compartir con los demás y de disfrutar la naturaleza.

Los niveles de destrucción que nuestra especie ha provocado durante los últimos cien años, la violencia que a diario aparece en nuestras calles y la trivialización de la mentira, la prepotencia y el sufrimiento, nos han llevado a la acumulación de esquemas de fuerza, reglamentos y formas de vigilancia. Pero, una y otra vez, hemos podido constatar que esa manera de pensar, tal vez necesaria, es insuficiente y, a veces, agrava las cosas.

Es muy probable que los ciudadanos del futuro enfrenten realidades parecidas a las que hoy nos agobian. La formación de la sensibilidad sería un componente fundamental de su educación. Aprender a escuchar, considerar y atender las razones del corazón es un aprendizaje indispensable para nuestro tiempo, y para los tiempos que se avecinan, es una expresión del esfuerzo requerido para aprender a pensar. Porque nos puede ayudar a cobrar conciencia de que, al pasar por alto los sentimientos de los otros, y nuestros propios sentimientos, estamos ignorando los argumentos más profundos de nuestra propia existencia y de lo que, como resultado de una odisea de millones de años, nos ha permitido subsistir.

Aprender a sentir nos ayudaría a “entrar en sintonía” con las demás personas y con el mundo que nos rodea, poder interpretarlos y entenderlos de una manera más plena, y establecer con ellos interacciones más significativas. Significaría trascender las limitaciones de las argumentaciones para atender a la consideración de los motivos que las alientan.