Aprendizajes relevantes para el futuro

Aprender a vivir, aprender a aprender. Número 83

De manera reiterada, se han constatado resultados insatisfactorios en lo referente a los aprendizajes alcanzados por los estudiantes, en relación con las capacidades fundamentales para hacer frente a las exigencias del mundo actual.

Existen desacuerdos en cuanto a la pertinencia y suficiencia de los aprendizajes constatados, y no resulta claro que la simple elevación de los puntajes promedio alcanzados por los estudiantes en las pruebas estandarizadas, que suelen utilizarse para constatarlos, sean la forma más pertinente de procurar la mejora de la calidad de la educación. No obstante, parecen irse conformando consensos, cada vez más sólidos, en el sentido de que la definición y el logro de aprendizajes relevantes para la vida deberían formar parte de las estrategias más pertinentes para orientar el desarrollo y valorar la calidad de la educación.

Una de las perspectivas, desde las cuales se puede apreciar con mayor claridad la necesidad de trascender algunos de los supuestos de las reformas de la educación que, hasta ahora, se han considerado como inmutables, es la que tiene que ver con la necesidad de entender, de manera diferente la inteligencia y, sobre todo, el aprendizaje humano.

Cuando las máquinas ya empiezan a realizar operaciones lógicas y de procesamiento de la información que, hasta ahora, se habían considerado como exclusivas de la inteligencia humana, esta no puede seguirse concibiendo, de manera preponderante, en términos de la habilidad para realizar esas operaciones y procesos. Y, cuando, también las máquinas son capaces de replicar diversas expresiones del aprendizaje, el aprendizaje de los seres humanos ya no puede orientarse y explicarse en función de esas mismas expresiones.

En tales circunstancias, cabe preguntarse por el significado, auténticamente humano, del aprendizaje. No pareciera haber una respuesta definitiva y absoluta para una pregunta como esa. Quizá no pueda haberla, ni tenga necesariamente que haberla.

Las preguntas sobre el significado y el sentido de lo humano son tan antiguas como la historia misma de la humanidad. También son muchas las respuestas que se han intentado. Muchas personas parecieran haber vivido satisfechas con algunas de ellas. Sin embargo, se trata de respuestas, a veces tan dispares, que más pueden asumirse por la vía del supuesto y la aceptación que por la de la comprensión y la convicción. Quizá lo que más importe no sea la certidumbre absoluta, y la validez indiscutible de las posibles respuestas, sino el esfuerzo de reflexión que ellas estimulan, y los horizontes de pensamiento y significado que ese esfuerzo puede delinear, en consonancia con los desafíos que enfrenta cada generación. En diferentes épocas la realización de ese esfuerzo ha sido el trabajo fundamental de los filósofos.

Con frecuencia se ha destacado que la educación es una tarea de largo plazo, cuyo efecto solo puede apreciarse en términos generacionales. Quienes, en nuestros días, están iniciando su educación formal podrían estar viviendo una parte importante de su existencia en la segunda mitad del siglo XXI.

Los educadores trabajan en el presente, pero están forjando el futuro. Sin embargo, el futuro cada día es menos parecido a lo que solía ser en el pasado. Parecería estarse acelerando, y fusionando con el presente y el pasado. Nuestra percepción del tiempo ha cambiado y todo parece indicar que seguirá cambiando. 

En estas circunstancias, y reconociendo la gran dificultad que supone hacerlo, es inevitable que los educadores deban plantearse la pregunta sobre los aprendizajes más relevantes para el mundo futuro, del que quizá lo único que podemos anticipar es que será muy distinto del actual.

¿Qué vale la pena aprender para un mundo incierto, cuando las concepciones y valoraciones asociadas con la verdad, el bien y la belleza parecieran estarse convulsionando, y se entremezclan, a diario, con la simulación, la violencia y el horror? ¿Cuáles serían las capacidades con mayor probabilidad de estabilidad y pertinencia, en una realidad que probablemente estará sujeta a mayores tensiones y, a la vez, a vínculos más diversos entre lo local, lo nacional y lo global? ¿Cuáles serán las actitudes y formas de comportamiento que deberían estimularse en un mundo cada vez más urgido de entendimiento, solidaridad y comunión, y cada vez más orillado al conflicto y a la destrucción? ¿Cómo preparar a las generaciones, cuyas oportunidades de bienestar quizá se sigan multiplicando y diversificando, pero que, también, tal vez enfrentarán riesgos y amenazas de naturaleza insospechada?

Sin pretender más que sugerencias, podría intentarse una exploración esquemática de la posibilidad de propiciar el desarrollo de algunos de los aprendizajes que pudieran incidir, de manera determinante, sobre las fortalezas y debilidades de la condición humana. Pues a fin de cuentas, es en la propia condición humana que, desde el punto de vista moral, debiera sustentarse la relevancia de cualquier aprendizaje posible.