Economía de la información

Aprender a vivir, aprender a aprender. Número 82

La expresión cotidiana del progreso de la ciencia y la tecnología se está plasmando, sobre todo, en la conformación de una economía de la información, puesta de manifiesto de manera especial en la ubicuidad del INTERNET y su diversidad creciente de aplicaciones.

La transformación de los esquemas de comercio, de transporte y de financiamiento son, quizá, las expresiones más evidentes del surgimiento de esta nueva economía, que está incidiendo, de manera determinante, en la transformación de los mercados de bienes y servicios, incluyendo, desde luego, el mercado laboral.

En la economía de la información, día con día, se están multiplicando y diversificando los mecanismos para acercar la oferta y la demanda, sin necesidad de los intermediarios tradicionales, o ejerciendo presiones insuperables para la transformación de los mismos. No parece haber sectores de la actividad humana que escapen por completo a esa tendencia.

Sin duda, algunos de los efectos más notorios de la nueva economía son aquellos que han tenido que ver con la estructura y funcionamiento de los mercados laborales. Es un hecho, destacado con frecuencia por los más diversos medios, que la emergencia de la nueva economía, aunada al continuo y acelerado progreso científico y tecnológico, ha determinado cambios drásticos en el mundo del trabajo.

Con frecuencia se ha destacado el hecho de que los sistemas educativos se caracterizan por ser fuente permanente de empleo, hasta hace poco caracterizada por el crecimiento continuo de la demanda laboral, todavía evidente en los grados superiores de la educación formal. Sin embargo, la situación podría estar cambiando de forma radical.

La educación, entendida solo como transferencia de información, está siendo superada de manera irreversible. Basta con ver las expresiones de hastío de los estudiantes en los salones de clase de las escuelas en las que todavía la actividad primordial consiste en escuchar a alguien, cuya única ventaja pareciera ser la de haber leído un texto para explicarlo lo mejor que puede. Basta con ver la insistencia con las que se pretende que, en sus casas no en la escuela, esos mismos estudiantes, a veces solo porque no hay remedio para ello, tienen que hacer tareas que les permitan afianzar, de alguna manera, la asimilación de la información que se les ha transmitido en la escuela. Y, sobre todo, basta con ver la facilidad con la que esos mismos estudiantes abandonan el salón de clase para “chatear” con sus amigos en el celular, para “ver lo que dice el “maestro Google”, o para “navegar en las redes sociales”.

No parece haber posibilidad para establecer términos de comparación, y mucho menos de competencia, entre el desarrollo de las tradicionales clases escolares dedicadas, de manera preponderante, a la transferencia de información, y la riqueza de las formas de acceso a las expresiones virtuales del mundo y de la experiencia que, desde sus primeros años de vida, los niños y jóvenes de nuestro tiempo pueden tener, literalmente, al alcance de la mano.

La progresiva erosión de las formas tradicionales de educación formal no se limita a las actividades de transferencia de información. Como sucede en otros campos de la actividad humana, aquellos aspectos de la labor educativa que pueden ser expresados en términos de procedimientos y rutinas predeterminadas, que, como dirían algunos especialistas, pueden ser objeto de algoritmos, eventualmente podrán ser reemplazados, al menos de manera parcial, por la intervención de sistemas computacionales. Tal reemplazo se está sustentando ya, de manera creciente, en la posibilidad de desarrollar distintas formas de interacción entre los seres humanos y las máquinas, sobre todo en vinculación con la emergencia de formas de inteligencia artificial.

No se trata de especulaciones de ciencia ficción, desde hace años el uso de simulaciones computarizadas para el desarrollo de ciertos aprendizajes especializados es una práctica común. El concepto de plataformas de recursos basadas en aplicaciones de INTERNET es cada día más frecuente para apoyar el desarrollo de aprendizajes tan diversos como los que tienen que ver con el aprendizaje de idiomas, la reparación de dispositivos electromecánicos, la construcción de ciudades, o el seguimiento personalizado de los aprendizajes. El acervo de recursos crece día con día, a tal grado que su sistematización para facilitar su acceso es una necesidad que está empezando a ser solventada desde distintas perspectivas.

Debe destacarse, desde luego, que no es que la necesidad de educación esté disminuyendo, todo lo contrario. Lo más probable es que esté aumentando. Lo que sí está disminuyendo, con una tendencia a la eventual extinción, es la necesidad de determinadas concepciones y prácticas que, en muchos casos hasta el día de hoy, tienden a caracterizar a las expresiones tradicionales de la educación escolar.

No parecen existir elementos para pensar que la educación formal, de carácter escolarizado, vaya a desaparecer. Lo que sí es evidente es que, como efecto de la nueva economía de la información, está sometida a presiones crecientes, inéditas, y en buena medida impredecibles, para transformarse de manera radical.

Más que en otros campos, en el de la educación pueden advertirse, con claridad meridiana, algunos de los principales desafíos planteados por desarrollo acelerado de la ciencia y la tecnología, y por la emergencia de la nueva economía de la información.

En efecto, la educación es un campo en el que, reconociendo las potencialidades y limitaciones de las nuevas realidades, es patente destacar la preeminencia de los valores y propósitos, en esencia humanos, de la educación. De aquellos que tienen que ver con el contacto directo, y cara a cara, entre las personas. De los que se relacionan con el trato, el respeto, la valoración y la protección de la dignidad y la identidad de cada ser humano. De los que se expresan en el ejercicio responsable de la libertad, en la solidaridad con los demás y en la convivencia pacífica. De los que nos pueden ayudar a reconocernos como portadores de una herencia y de un destino capaz de advertir la trascendencia de nuestra vida individual, en comunión con las demás personas, con la naturaleza y con el universo del que formamos parte.

A fin de cuentas, la ciencia, la tecnología, la economía y la cultura son productos de la mente humana. Son parte nuestra. Forman parte de nuestras raíces. Portan el germen de nuestra supervivencia, o nuestra eventual extinción. La educación es nuestra mejor oportunidad para convivir con ellas. Con nuestras propias creaturas, para anclarlas al futuro de nuestra especie, para asociarlas a la aventura inescapable de nuestra propia transformación. Podemos, también, aferrarnos a formas convencionales de pensar y hacer las cosas, tratando de regresar a un pasado que, por más que lo idealicemos, es irrecuperable. O podemos dejarnos llevar por una corriente a la que, por desaliento o por simple desatención, hemos sucumbido, avanzando, sin remedio, hacia la eliminación del ser humano. Quizá, en diferentes momentos y circunstancias, nos veamos a nosotros mismos en la necesidad de hacer cada una de esas tres cosas. La historia humana está llena de discontinuidades e incoherencias. Lo que tal vez no podamos ignorar es que, más allá de nuestros debates y nuestros propósitos y mientras tengamos todavía la oportunidad de mantenerlos, los efectos del desarrollo científico y tecnológico, manifiestos de manera especial en la emergencia de la nueva economía de la información, actuarán como factores determinantes de la forma en que, durante los próximos años, tendrá que pensarse y practicarse la educación.