El desafío de construir la calidad de la educación

Aprender a aprender. Aprender a vivir. Número 72

En México, como en otros muchos países, se ha venido consolidando un consenso en el sentido de que garantizar una educación de buena calidad para todos los ciudadanos y, en particular, para las próximas generaciones, es uno de los desafíos fundamentales que enfrentamos.

Desde los últimos años del siglo XX, la conciencia de tal desafío se ha venido acentuando en la medida en que distintos ejercicios de evaluación, tanto nacionales como internacionales han revelado que los aprendizajes alcanzados por los estudiantes en los niveles de educación básica son poco satisfactorios.

Las evaluaciones realizadas están relacionadas con el dominio de aprendizajes básicos para la vida en las sociedades contemporáneas, como los que tienen que ver con la comprensión y aplicación de la lectura, los principios y métodos de las ciencias, y las tecnologías de la información y la comunicación de uso generalizado.

Aunque no parecieran existir desacuerdos notables en cuanto a la relevancia de estos aprendizajes, con frecuencia se ha advertido que no son los únicos, ni necesariamente los más importantes, entre los que debieran considerarse como de mayor relevancia, frente a los rasgos más sobresalientes de la sociedad actual. Tampoco lo serían para que las siguientes generaciones pudieran estar en condiciones de aprovechar las oportunidades y superar los obstáculos que enfrentarán en el mundo que les tocará vivir.

El desafío de garantizar una educación de buena calidad está asociado a una interpretación actualizada del conocimiento y a la búsqueda de aprendizajes a los que, tal vez, no se les haya dado la debida importancia, incluyendo los que pudieran tener que ver con la búsqueda de un sentido de la vida.

En la actualidad, el conocimiento, entendido como acumulación de saberes dependiente del ejercicio de la memoria, de ser considerado como patrimonio inafectable de la riqueza personal, ha pasado a ser visto como un bien fungible cuyo valor depende del uso, cuya erosión es acelerada y cuyo acceso está cada vez más condicionado la aplicación de la ciencia y la tecnología.

Cada día cobra más valor el conocimiento que puede comprenderse en términos de las capacidades adquiridas para identificar, analizar y evaluar situaciones, problemas y propósitos de distinta naturaleza; el conocimiento aplicado, en función de habilidades para ubicar y seleccionar fuentes de información y datos pertinentes para hacerles frente; y el conocimiento expresado en el desarrollo de estrategias diversas, que propicien la generación de soluciones novedosas.

Por otra parte, también es cada día más evidente que el conocimiento, como actividad intelectual o sustento de la explicación y control de los fenómenos, por más que resulte esencial al quehacer humano, es insuficiente.

Un conocimiento desprovisto de la capacidad para deliberar y discernir sobre el sentido ético de sus aplicaciones, y desarrollado sin reconocimiento ni respeto a la dignidad humana, puede transformarse en una vía segura hacia la destrucción. La historia humana, sobre todo la más reciente, por desgracia nos ofrece múltiples ejemplos del conocimiento utilizado para provocar sufrimiento y muerte.

La supervivencia de nuestro grupo zoológico y nuestra plena realización individual y colectiva dependen, de manera fundamental, de nuestra capacidad de convivir y colaborar con los demás, de reconocer y controlar nuestras emociones y de asumir responsabilidad por nuestros actos.

Animados por una visión del conocimiento que pueda aproximarse a lo que unos llaman sabiduría, y si queremos que las nuevas generaciones disfruten de una educación de buena calidad, es preciso asegurarnos que aprendan a expresar, valorar y controlar sus emociones; a convivir de manera constructiva con los demás; a ejercer y afianzar  su libertad de manera deliberada y responsable; a deliberar y discernir sobre los principios y formas de comportamiento más pertinentes para expresar valoración y respeto hacia la propia persona, hacia los demás seres humanos y hacia la naturaleza.

Una interpretación del conocimiento más acorde con las demandas del mundo actual, y del que pudiera anticiparse para el futuro, así como la atención a los aspectos que tienen que ver con el desarrollo emocional, social y ético de las personas, serían esenciales en el planteamiento del desafío que supone la construcción de la calidad de la educación. También serían esenciales para que la educación pueda resultar significativa en los distintos ámbitos en los que suele expresarse la realización de una vida plena, como el del trabajo, el de la vida privada, y el del ejercicio de los derechos y responsabilidades de naturaleza pública.

Sin embargo, la naturaleza de tal desafío quedaría en alguna medida desvirtuada si no se considera la necesidad de que las generaciones por venir tengan la oportunidad de plantearse preguntas sustantivas sobre el sentido y la posible trascendencia de la vida misma, de la vida como experiencia personal, de la vida compartida con las demás personas, y de la vida desde una perspectiva histórica y planetaria.

Veámoslo de esta manera, hace unos cien años ninguno de nosotros estaba por aquí. En unos cien años más, todos nos habremos marchado. Como los que nos antecedieron y como los que vendrán después de nosotros, quizá en algún momento nos preguntemos sobre el sentido de todo esto que llamamos vida, que experimentamos como propia en este universo que habitamos, y que compartimos de distintas maneras con la gente que nos rodea.

Como nuestros ancestros, no tenemos respuestas definitivas sobre nuestro origen ni sobre nuestro destino. Es probable que las futuras generaciones tampoco las tengan. Sin embargo, eso no significa que la pregunta sea carente de valor. Por el contrario, preguntarnos sobre nuestro origen y destino nos puede alentar a buscar respuestas que, aunque nunca resulten del todo satisfactorias, nos permitan adquirir plena conciencia de nuestra situación en el mundo y en la historia, con una valoración más sobria de nuestras posibilidades y limitaciones.

Las respuestas que podamos brindar a la pregunta sobre el sentido y trascendencia de la vida nos pueden ayudar, sobre todo, a entender que es posible encontrar razones poderosas en la aceptación de la incertidumbre y la ignorancia. El intento de buscarlas nos puede llevar a entender que, tal vez, como diría Pascal “el corazón tiene razones que la razón no conoce”.