Impacto del desarrollo científico y tecnológico (Parte I)

Aprender a vivir, aprender a aprender. Número 80

El desarrollo científico y tecnológico es uno de los factores que, de manera más palpable, está impactando, y seguirá impactando la vida cotidiana de los seres humanos.

Desde la primera década del siglo pasado, el trabajo pionero de los grandes científicos nos permitió empezar a construir visiones de la realidad, y de nuestra experiencia, radicalmente diferentes de las sustentadas en la información que nos proporcionan nuestros sentidos y que habían sido heredadas, generación tras generación, a lo largo de la historia humana.

Hoy en día, se han podido asumir como hechos, o como suposiciones que no se han podido rebatir, ideas que, hace no más de doscientos años, eran impensables. Ideas que, a pesar de ser contrarias a lo que dicta el sentido común, son los principios en los que se sustenta la explosión de la tecnología de la que somos testigos, usuarios inevitables y, en muchos sentidos, participantes, con frecuencia inconscientes.

Hoy en día, el desarrollo de la ciencia nos permite apreciar una realidad más cargada de magia y misterio de lo que nos enseñan las tradiciones más insólitas, que suelen ser propias de las distintas culturas que enriquecen el mosaico de nuestra convivencia.

Hoy podemos saber que el mundo y, en especial la vida, son el producto de un largo proceso de transformación, que se ha desplegado en escalas de tiempo solo apreciables con la libertad de la imaginación. La historia de la vida que portamos, y del mundo que podemos percibir, es un drama que se ha gestado a lo largo de millones, y miles de millones de años.

Todo parece indicar, además, que contrario a lo que usualmente suponemos, en los asuntos humanos, las evidentes transformaciones que se han ido tejiendo, como parte de ese drama, pudieran no ser necesariamente producto del designio, o del diseño. Más bien, parecieran haberse originado en una azarosa, y cada vez más compleja, interacción de formas elementales en las que, de manera incesante, y de acuerdo con las condiciones del contexto definido por el conjunto de esas mismas formas elementales, se han ido tejiendo experimentos interminables. Algunos de esos experimentos han dado origen a formas relativamente estables y, en algunos casos, de un alto grado de complejidad, como las que son características de las expresiones que, hasta ahora conocemos, de la vida.

La historia que hoy podemos delinear de esas transformaciones nos permite suponer que el tiempo es una dimensión de la realidad y que, como tal, ha tenido un origen, y tiene también una naturaleza local. El reloj universal, que solían imaginar nuestros ancestros, aún el más genial, parecería no ser más que una ilusión. Ello determina, también, que nuestras percepciones del mismo sean, en buena medida, generadas por el contenido de nuestra experiencia personal.

Ahora, podemos percatarnos de que los límites de nuestra experiencia cotidiana no solo están rebasados, de manera sorprendente, por los fenómenos típicos de la inconmensurable grandeza del universo. Lo están, y de manera más extraña aún, por los que podemos apreciar en la inimaginable pequeñez de los componentes más elementales de ese mismo universo.

En el mundo de lo extremadamente pequeño, los fenómenos parecieran tener una consistencia regida por patrones probabilísticos, en los que resulta imposible discernir la precisión absoluta de los fenómenos más elementales, y en los que, desde la perspectiva de nuestra experiencia cotidiana, se pueden revelar verdaderas imposibilidades. Ese mundo no solo es extraño, es incomprensible desde el punto de vista de nuestra experiencia. En él, nos topamos con situaciones inexplicables, como la expresión dual de un mismo fenómeno, la simultaneidad e interdependencia de fenómenos distantes, y la información que podemos tener sobre un fenómeno, como expresión sumaria de todas las historias posibles del mismo. A pesar de su incomprensibilidad, es un mundo cuyo comportamiento podemos describir con una precisión asombrosa mediante abstracciones matemáticas.

Por inexplicables que nos puedan resultar las interpretaciones del mundo que se han derivado del desarrollo científico, ellas han provocado transformaciones que permean nuestra vida cotidiana. Desde la preparación de nuestros alimentos, hasta la manera como trabajamos, nos comunicamos, nos divertimos y tratamos de mitigar nuestros padecimientos.

Esas transformaciones están revolucionando las ideas relacionadas con nuestra manera de concebir nuestra interacción con el mundo que nos rodea. Una vertiente, particularmente significativa de esa revolución, tiene que ver con la de la manera en que nos acercamos a los fenómenos asociados a la vida y, en especial, con la forma en que nos vemos a nosotros mismos, en relación con las demás personas y con nuestro mundo interior.