La ciencia a través de sus anécdotas

Superciencia. Número 132

Para apreciar los efectos relativistas sobre los cuerpos, estos deberían moverse a velocidades cercanas a la de la luz que es 299 792 458 m/s, esta es una velocidad muy grande –Yo solo logro acercarme a ella cuando salgo por las mañanas a correr en el parque de mi colonia-
Dr. Bernabé Luis Rodríguez Buenrostro en una de sus amenas y añoradas clases de Física Moderna.

 

Genialidad Cartesiana

Se cuenta que René Descartes estaba reposando, acostado en su cama, convaleciente de una enfermedad cuando, teniendo la vista fija en el techo se cruzó una mosca en su espacio visual, el filósofo, físico y matemático francés la siguió durante un buen rato y se preguntó: ¿será posible determinar la posición de ese insecto en cada instante de tiempo? Descartes pensó que esto era posible si se conociera la distancia a dos superficies perpendiculares. ¡El célebre genio del siglo XVII acababa de concebir la Geometría Analítica! o Geometría Cartesiana que relaciona la geometría con el álgebra.

 

El simpático e inteligente chofer de Einstein

En diversos sitios se cuenta esta otra simpática historia que, aunque seguramente es falsa, nos ha servido para aderezar el inicio de nuestros cursos de física moderna.

En los años 20, cuando Albert Einstein empezaba a ser conocido por su teoría de la relatividad, era con frecuencia solicitado por las universidades alemanas y suizas para dar conferencias. Einstein, como la mayoría de los genios, aprovechaba cualquier espacio y tiempo para reflexionar, meditar, idear y,  por lo tanto, rehuía a las actividades mecánicas y en serie, es por ello que no le gustaba conducir; sin embargo, el coche le resultaba muy cómodo para sus desplazamientos, fue por esto que contrató los servicios de un chofer.

Después de varios días de viaje, Einstein le comentó al chofer lo aburrido que era repetir la misma conferencia una y otra vez. El chofer, sorpresivamente le dice: Si usted quiere yo lo puedo sustituir por una noche. He oído su conferencia tantas veces que la puedo recitar palabra por palabra.

Einstein aceptó el ofrecimiento y antes de llegar al siguiente lugar intercambiaron sus ropas, colocándose Einstein al volante. Llegaron a la sala donde se iba a celebrar la conferencia y, como ninguno de los académicos presentes conocía a Einstein, solo se sabía de su fama por ser el autor de la Teoría de la Relatividad y por dar una explicación física del efecto fotoeléctrico, el chofer expuso la conferencia que había oído tantas veces a Einstein quien, disfrazado de chofer se sentó en la última fila de la sala.

El problema se presentó al final de la charla cuando empezó la sesión de preguntas y respuestas. Un inquieto estudiante de física que se encontraba en la audiencia preguntó: Doctor Albert Einstein, ¿cómo llegó usted a determinar por métodos netamente matemáticos y con solo lápiz y papel, la ecuación de equivalencia entre la masa y la energía?

El chofer, como era obvio, no tenía ni idea de cuál podía ser la respuesta, sin embargo tuvo un golpe de inspiración y le contestó: La pregunta que me haces es tan sencilla que diré a mi chofer, que se encuentra al final de la sala, te la responda.

 

Saber matemáticas te puede salvar la vida.

Durante la guerra civil rusa, el enfrentamiento fratricida se personificaba en la lucha de bolcheviques contra zaristas. El ejército rojo contra el blanco… colores, bandos, absurdas convicciones políticas por las que mataron y murieron millones de rusos. Odesa, la perla del Mar Negro, la gran ciudad comercial de Ucrania fue una de las que más sufrió en los últimos años de la guerra.

La ocupación de la ciudad por el Ejército Rojo y las constantes fechorías por parte de los dos bandos dieron lugar a innumerables crímenes de guerra, ajustes de cuentas y ejecuciones.

En este trágico panorama situamos hoy a Igor Tamm. Un matemático y físico ruso que ante el hambre de su familia se vio en la necesidad de abandonar la ciudad para conseguir comida a cambio de unas cucharas de plata.

Se encontraba negociando con un campesino la cantidad de huevos que merecía por aquellas cucharas cuando, de repente, se presentó una de las bandas de guerrilleros que recorrían el país. Inmediatamente los guerrilleros descubrieron que Igor Tamm era de la ciudad, entonces lo aprendieron y llevaron ante su líder, un tipo gordo y con una larga barba que portaba un gorro de piel y llevaba el pecho lleno de cintas de cartuchos y granadas.

El jefe se acercó a Igor y, tras echarle una breve ojeada, le gritó: -¡Eres un agitador comunista que está socavando nuestra madre Ucrania, el castigo es la muerte!

No - respondió Tamm. Yo soy profesor de la Universidad de Odesa y he venido aquí solo para conseguir algo de comida.

¡Mentira!- replicó el líder.

-¿De qué eres profesor?

-Enseño matemáticas

¿Matemáticas? -dijo el barbudo guerrillero

-¡Muy bien! Entonces hazme una estimación del error que se comete al truncar una serie de Maclaurin en el n-ésimo término. ¡Hazlo y quedarás libre. Falla, y te pegaremos un tiro!

El joven profesor se quedó paralizado… apenas podía dar crédito a lo que aquel tosco guerrillero le estaba pidiendo: un problema perteneciente a una rama muy avanzada de las matemáticas. Cuando consiguió reaccionar, con la mano temblando y con una pistola apuntándole en la cabeza, Tamm calculó lo que le pedían y le dio la respuesta a aquel hombre.

¡Correcto! - dijo el líder- ahora veo que eres realmente un profesor de matemáticas. ¡Vete a casa!

Igor Tamm consiguió el Premio Nobel de Física en 1958, más de tres décadas después, por sus estudios junto a Cherenkov sobre física nuclear y el estudio de los rayos cósmicos.

Jamás consiguió saber quién era aquel hombre con quien se encontró durante la ocupación de Odesa. Seguramente ya nadie lo sepa. Quizá murió en la guerra más adelante o quizá terminara sus días dando clases de matemáticas avanzadas en alguna Universidad de Ucrania, o de asesor de matemáticas en una dependencia de alguna Secretaría de Educación.

 

Bibliografía

Gratzer, W. (2004). Eurekas y Euforias. Cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas. Barcelona: Editorial Crítica.