La inteligencia humana vista desde fuera

Tecnofilia. Número 67

“Un ser extraterrestre recién llegado a la Tierra –si hiciera un examen de lo que presentamos principalmente a nuestros hijos en televisión, radio, cine, periódicos, revistas, cómics y muchos libros- podría llegar fácilmente a la conclusión de que queremos enseñarles asesinatos, violaciones, crueldad, superstición, credulidad y consumismo.
Carl Sagan

Me gustaría iniciar este texto con dos preguntas, ¿qué pensaría de nosotros como humanidad alguien que nos viera desde fuera?, ¿seríamos tan grandes como pensamos?

El desarrollo de la humanidad, desde el hombre de las cavernas hasta la complejidad de la organización social actual, ha transitado por un largo camino. Hoy en día nos consideramos a nosotros mismos como la especie dominante en el planeta, la que tiene la capacidad de modificar el contexto y crear situaciones favorables para nuestro desarrollo, e incluso a develar las leyes de la naturaleza.

Ya desde el siglo XVII se consideró la idea del progreso constante, recurriendo a la técnica apoyada con la razón, eso produjo la sensación de un crecimiento y diferenciación con las generaciones pasadas, ya que el avance tecnológico comparado con el precedente era realmente exponencial.

Por ello, si de algo nos sentimos orgullosos como especie es de la inteligencia, que nos ha servido para diferenciarnos y creernos los dueños de la creación. Pero nuestro orgullo va más allá de encontrar soluciones a problemas, pues ese tipo de inteligencia también la poseen algunos animales, como las abejas que siembran hongos o las hormigas que siembran plantas para luego habitarlas, o los monos que forman camas con hojas para dormir, o incluso algunos tipos de aves que se sirven de ramas para atrapar a sus presas, por citar solo unos pocos ejemplos. Más bien, ese tipo de inteligencia de la que nos sentimos orgullosos, es aquella que la filosofía define como la “inteligencia que se piensa a sí misma”; es decir, el hombre piensa que piensa, incluso de ello (capacidad de pensar) ha llegado a deducir la propia existencia, “cogito ergo sum” decía Descartes, pienso luego existo o dicho de otra manera, porque poseo la capacidad de pensar es que puedo asegurar que existo.

La inteligencia ha servido al hombre para diferenciarse de lo “otro” que hay en el mundo y para volverse él mismo la medida de las cosas, sin él o sin estar él pensándolo, es posible que lo que “está afuera” no exista (si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie que lo escuche, ¿hace ruido?). Ya sea desde la religión, la filosofía o la ciencia, el hombre se ha colocado en el centro del mundo y ha decidido ser el rey, el juez y el develador de la naturaleza, pero ¿realmente lo es?, o quizá más bien, si es que lo es ¿en qué medida o hasta dónde?

La imagen que tenemos de nosotros mismos como humanidad tiende a ser como el péndulo, va desde culparnos por todos los males del universo hasta colocarnos como los dueños de la vida. Sin embargo lo oportuno, como advierte Aristóteles, sería buscar el justo medio, eso que se encuentre entre la disimulación y la fanfarronería, es decir la veracidad, ¿qué es lo que somos y hasta dónde somos realmente eso que pensamos ser?

Tratando de responder a las cuestiones con que se inició este texto, ¿seríamos tan grandes como pensamos?, ¿seríamos como monos que utilizan herramientas y crean un tipo de sociedad primitiva?, ¿esos seres que nos ven desde fuera, nos verían con curiosidad y hasta con ternura al ver ciertos atisbos de inteligencia comparada con la de ellos? Si alguien externo, llamémosle extraterrestre, pudiera analizarnos como especie, ¿qué pensaría de nosotros y todos nuestros “avances”?, ¿la música, el arte y nuestra preciada tecnología serían tan especiales?

Es cierto que como humanidad hemos creado muchas cosas, nuestros límites aún están lejos de definirse, pero por eso mismo debemos buscar ese estado de veracidad que nos nivele y nos ponga en el justo medio, nos queda mucho por hacer y por lograr. Aún más, si consideramos que realmente existe la posibilidad de que el concepto que tenemos de nosotros mismos no es tan grande como pensamos.

Una buena apuesta es la educación, transmitir conocimientos, habilidades, actitudes y valores a los miembros más jóvenes de la sociedad para que logren crear un mundo mejor, así como el ideal de la Paideia griega, que tenía como máxima formar a los jóvenes para obligares a legar una mejor sociedad que la que recibieron; eso es lo que debemos buscar y fomentar.

Una buena educación permite situar realmente la dimensión humana en un justo medio, porque permite establecer los límites y los alcances de la especie, permite crear sueños y volverlos realidades. Una educación integral posee la ventaja de incorporar lo mejor de nuestra especie y potenciarlo a desarrollar métodos y técnicas que nos permitan alcanzar las estrellas, pero que a la vez nos hagan la mejor versión de nosotros mismos como humanos.

El desarrollo tecnológico alcanzado ha permitido ir desde lo micro hasta lo macro, desde el átomo hasta el universo, y llegar a crear aquello que se pensó que solo serían sueños, como volar o comunicarse en instantes sin importar la distancia. Hemos vuelto del mundo una aldea, a tal grado de que lo que acontece nos acontece a todos por igual.

La tecnología es nuestra gran aliada y un recurso valioso, es nuestra vara para cazar, nuestras hojas para crear y nuestras plantas para sembrar, es sin embargo, solo una herramienta de la cual nos servimos para solucionar ciertos problemas y no la respuesta a todos nuestros males. Si buscamos un verdadero progreso como humanidad no podemos apostarle todo al avance tecnológico, porque de nada le sirve al ave ser una gran cazadora con su rama si no sabe construir también un nido, y a nosotros de nada nos servirá ser altamente tecnológicos si como humanidad no podemos diferenciarnos realmente del hombre del medievo.

Unir el avance tecnológico a la cuestión educativa es una gran apuesta que hay que seguir fomentando, ya que permite grandes avances e incluso modifica los roles tradicionales con los que se ha venido enseñando hasta ahora. El docente se convierte más bien en un facilitador que señala posibles caminos o soluciones ante la información que el alumno ya posee, o que le es fácil de conseguir.

La herramienta tecnológica es sin duda una herramienta valiosa, por ello es indispensable reflexionar sobre sus alcances y limitaciones, y sobre todo la proyección que podemos hacer de ella. De igual modo debemos analizar la concepción que tenemos sobre nuestro conocimiento y cómo logramos producirlo. Para analizar ambas cosas podemos revisar diversos textos que se encuentran libres en Internet como:

Hay que apostar por lo mejor de nosotros como humanidad, que la educación sea quien impulse el desarrollo tecnológico, que lo humanice y le permita crecer, que como herramienta que es siga proveyendo al hombre de beneficios y grandezas, pero teniendo siempre en la mira la necesidad de estar en un justo medio, ya que sacrificaríamos mucho en el camino de no ser así, pues seríamos como aquellas abejas que son organizadas y hasta cierto grado inteligentes, pero no más.