Nuestro cerebro, los límites de la conciencia

Aprender a vivir. Aprender a aprender. Número 67

No hace mucho un querido amigo, conociendo mi interés por las neurociencias aludió, de manera más bien casual, a la lectura de un libro titulado “The User Illusion”(La Ilusión del Usuario) del autor danés Tor Norretranders1. No entramos en mayor detalle, era apenas un comentario casual de mi amigo que iba conduciendo el auto, mientras nos dirigíamos a tomar un café. Durante nuestro trayecto la conversación saltó, sin duda, a otros temas de los que no guardo recuerdo alguno. Sin embargo, registré mentalmente aquel comentario de que, sin duda, me interesaría ese libro. No creo que mi amigo se haya percatado de ello.

De Norretranders había leído, o tal vez escuchado, que era un reconocido escritor de ese tipo de obras a las que, de manera genérica, se suele identificar como “de no ficción”. Se le reconocía, sobre todo en países europeos, por la difusión de temas de naturaleza científica.

El hecho es que, despertado mi interés por el comentario de mi amigo, y haciendo uso de la Internet, no pasó mucho tiempo antes de que pudiera tener el libro en mis manos.

El usuario que, según sugiere Norretranders resulta ser una ilusión, es nuestro propio yo. Más específicamente se trata de nuestro yo, en cuanto experiencia consciente. El libro intenta explorar las dimensiones, y en consecuencia los límites del yo, es decir de nuestra propia conciencia.

Dos situaciones fundamentales se destacan en el trabajo de Norretranders, así como de muchos de los referidos por él: el fenómeno de la conciencia es mucho más limitado de lo que pudiéramos pensar; y, en consecuencia, la experiencia humana es más diversa y rica de lo que lo que nos pueden sugerir las operaciones conscientes de nuestra mente.

Más aún, existen aspectos de los fenómenos que consideramos como fundamentalmente cognitivos que escapan al registro de nuestro yo consciente. Por ejemplo, cuando exploramos con intensidad un determinado problema, sin lugar a dudas afirmaremos que lo hacemos conscientemente. No obstante ello, si consideramos de manera detenida nuestra propia experiencia, podremos percatarnos que muchos detalles de esa exploración escapan al foco de nuestra atención consciente. A veces, hasta de manera consciente, debemos abrir una pausa en la exploración del problema para distraernos, o dejar que “la almohada nos aconseje” para abrir, de manera consciente, pausas de inconsciencia en el flujo de nuestros pensamientos.

De hecho, como expresa Norretranders, “cada segundo, millones de bits de información fluyen a través de nuestros sentidos. Pero nuestra conciencia procesa, a lo más, cuarenta bits en un segundo. Millones y millones de bits son condensados en una experiencia consciente que, en la práctica, casi no contiene información. Cada segundo, cada uno de nosotros descarta millones de bits de información para llegar a un estado especial conocido como conciencia”....

“La conciencia no tiene que ver con la información, sino con (su opuesto:) el orden".2

La existencia de límites de la conciencia, en términos del procesamiento de información, pudiera ayudar a contextualizar dos de las creencias más generalizados sobre el funcionamiento del cerebro: que solo usamos una proporción muy limitada de nuestra capacidad cerebral; y que, determinadas personas pueden prestar atención a varias cosas de manera simultánea.3

Las evidencias que se han venido acumulando en los últimos años sobre la forma en que funciona nuestro cerebro parecieran discrepar de esas creencias.

Todo pareciera indicar que nuestro cerebro es un órgano supremamente eficiente. Lo que sucede es que su eficiencia es muy diferente de la que podemos esperar de un artefacto electromecánico o electrónico. Ha estado determinada por el imperativo de la supervivencia y el esfuerzo permanente de adaptación al medio, que han sido factores determinantes del trayecto evolutivo de nuestro grupo zoológico, así como de las demás especies. La reducción y simplificación de la información, que caracterizan la atención consciente, son expresión de la eficiencia de funcionamiento cerebral construida, de manera constante y progresiva, durante los millones de años transcurridos en el curso de nuestra evolución biológica.

En todo caso, los procesos de reducción de la información, que se expresan en el fenómeno de la conciencia, son una parte esencial de la eficiencia del funcionamiento cerebral. Pueden ser interpretados como una expresión de eficiencia cerebral en el contexto nuestra evolución biológica.

Por otra parte, la atención que determina los objetos que son abordados de manera consciente, puede asumirse como una expresión de las estrategias de selectividad de la información sensorial que se expresa en los límites de la conciencia.

Sin importar la intensidad del esfuerzo que hagamos por concentrarnos, no podemos percibir de manera simultánea sino unas cuantas señales sensoriales. Algunos sugieren que siete percepciones es el número máximo de las que podemos darnos cuenta de manera consciente. Más aún, cuando creemos poder atender a más de un objeto, o representación metal de un objeto, lo que sucede es que podemos modificar, también con una rapidez limitada, el foco de nuestra atención.

Todos hemos aprendido a realizar determinadas tareas de manera inconsciente; sin embargo, cabe destacar que el dominio de la mayoría de los aprendizajes que hemos adquirido de manera deliberada depende del progreso logrado desde el esfuerzo consciente a la automatización.

Pensemos, para ilustrar este hecho, en la lectura que usted está realizando en este momento. La mayoría de los procesos involucrados en ella los está llevando a cabo de manera inconsciente. Tanto el reconocimiento de las letras como representación de sonidos, de los conjuntos de letras como representación de palabras y, progresivamente de ideas, así como de interrelaciones entre esas ideas, son cada uno de ellos conjuntos definidos de tareas, que, en distintos momentos, han requerido una inversión importante de tiempo y dedicación consciente.

Después de considerables y reiterados esfuerzos, dedicados a la práctica intencional de esas diferentes tareas, ahora la mayoría de esos procesos son realizados en su cerebro de manera automática. Si esos esfuerzos se han realizado, es probable que ahora su atención pueda centrarse en otros aspectos de la lectura, como la estructuración de los argumentos, la fuerza de las emociones experimentadas por los personajes, y por usted mismo, o la belleza de las expresiones. O, tal vez, el automatismo de la lectura transcurra incluso sin mayor involucramiento de su atención, mientras su mente explora otros objetos totalmente distintos de la lectura, sin que esto suponga una disminución de su capacidad para la lectura.

No obstante, cuando las condiciones características de la expresión de la automatización se alteran de manera inusual, su atención debe intervenir. Cuando esa alteración demanda respuestas urgentes, la variación del foco de atención suele demandar, entonces, una intervención de la consciencia. Sin embargo, dependiendo de las restricciones existentes en ese instante para la intervención de la atención consciente, las respuestas generadas por esa variación pueden ser, también, inconscientes, con resultados fuera de control y, en ocasiones, catastróficos. Eso es lo que sucede cuando la creencia de que podemos atender de manera simultánea a varios objetos mentales nos lleva, por ejemplo, a asumir el riesgo de pretender llevar a cabo una conversación telefónica y conducir un automóvil.

Muchos de los mitos predominantes sobre el funcionamiento del cerebro se originan en la asimilación de ese funcionamiento de las herramientas construidas por los seres humanos.

En los tiempos más recientes, el funcionamiento del cerebro se ha considerado como análogo a la forma de funcionamiento de las computadoras, destacando el hecho de que el cerebro puede ser considerado, de manera primordial, como un órgano especializado en el procesamiento de información.

Esa forma de ver las cosas parece estar cambiando de manera radical. Hoy en día pareciera irse conformado un consenso, cada vez más amplio, en el sentido de que el cerebro humano es el objeto de mayor complejidad, y de funcionamiento más eficiente que podemos conocer.

En nuestros días suele asumirse cada vez con mayor frecuencia, que el futuro desarrollo de los sistemas computacionales depende, de manera fundamental, de la forma y medida en que estos puedan llegar a reflejar la eficacia y eficiencia de la organización y el funcionamiento del cerebro humano. Situación que, desde luego, plantea nuevos desafíos al destino futuro y la coexistencia de los seres humanos y las máquinas.

Aun desconociendo el curso que habrán de seguir esos desafíos, podemos afirmar que muchos esfuerzos de aprendizaje pueden ser mejor orientados y justificados, y muchos riesgos del comportamiento podrían evitarse, si nos atrevemos a aceptar las limitaciones y, en consecuencia, las posibilidades más realistas y evidentes de nuestra conciencia.

 

Referencias

1Norretranders, T. (1998).The User Illusion. New York, USA: Penguin Putman Inc.

2Cabe notar que la contraposición entre información y orden que hace Norretranders no es compartida por muchos. El orden puede ser visto, también, como información. Más precisamente como una estructura de información. En todo caso, siguiendo el planteamiento de Norretranders, se trataría de información filtrada y simplificada, expresada en estructuras determinadas.

3Aamodt, S. y Wang, S. (2008). Welcome to your Brain. USA: Bloomsbury.
Los autores neurocientíficos de la Universidad de Princeton se refieren en detalle a estas y otras creencias frecuentes sobre el funcionamiento de nuestro cerebro. El libro contiene alusiones frecuentes al funcionamiento del cerebro de otras especies.